domingo, octubre 25, 2009

Cubilete, un cuento de Carballido


Emilio Carballido (1925-2008)

Nació en Córdoba el 22 de mayo. Hizo sus primeros estudios en su ciudad natal. En la Capital estudió en la Facultad de Derecho, de donde pasó a Filosofía y Letras. Recibió el grado de Maestro con especialización en Arte Dramático. Desempeña hoy [1966] el puesto de maestro en la Facultad de Arte Dramático del INBA, lo mismo que en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Veracruzana. Entre sus obras teatrales —que le han valido innumerables premios— hay que citar La zona intermedia (1949), Rosalba y los llaveros (1950), Un pequeño día de ira (1962) y Medusa (1958). la última es una original recreación del mito de Perseo. También ha cultivado, y con acierto, el cuento. En diversas publicaciones literarias publicó una serie de relatos veracruzanos, algunos de los cuales pasaron a formar la colección La caja vacía (1962). en estas diez narraciones capta con profundidad ambientes y personajes tanto de su Estado natal como de otras regiones de México. Sabe Carballido calar en la sicología de sus personajes, que siempre resultan auténticos. Y también crear verídicas escenas en las cuales pone en juego todos los recursos dramáticos que le son conocidos. El resultado es la creación de profundas y al mismo tiempo animadas narraciones.

Luis Leal, en El cuento veracruzano (Antología), editado por la Universidad Veracruzana en 1966; p. 171.

Para actualizar la biografía de Carballido consulte por ejemplo el Diccionario de Escritores en México.




CUBILETE

A Fernando Benítez

... tus minas el palacio del Rey de Oros...
RAMÓN LÓPEZ VELARDE


Como el ropero rechinaba roncamente al abrirlo, la esposa se dio cuenta de lo que Mario estaba haciendo.
—¡Mario! ¡Es el dinero del gasto!
—Te lo voy a traer al mediodía.
—¿Y cómo piensas que vamos a comer hoy? Es lo único que tengo.
Él asía aquel billete con la punta de los dedos, jugaba con él un poco y la miraba:
—Es que no tengo un centavo en la bolsa. Y siempre hay que pagar algo...
—¿Y cómo piensas que vamos a comer hoy?
—Que la comadre te preste, ¿no?
—Le debo ya treintaicinco pesos.
Esgrimía el cucharón como si fuera un arma, y estaba tensa, en actitud de asalto. Así se vieron unos segundos. Luego, una corriente de apatía pareció circularle por las venas; despacio, fue a sentarse en el filo de la cama revuelta y vio hacia la pared con un gesto que borraba de la pieza y del mundo a Mario y sus acciones. “Qué fatigada estoy, haz lo que quieras”, parecía decir ese gesto. Mario había vencido una vez más.
Él vaciló un segundo y depués se guardó aquel billete en la bolsa. Sonrió muy ampliamente, con su cálida simpatía que nunca había perdido.
—No se enoje mi vieja. Nos vamos a comer a un restorán, ¿eh? A ver si ya estás lista cuando yo llegue.
La esposa lo miró con escepticismo. Tal vez llegara y tal vez no, tal vez cconsiguiera dinero y tal vez no, y bien podría volver hasta la medianoche, o al día siguiente, porque así se portaba desde que andaba metido en la política. “Le pediré prestado a mi mamá”, pensó, y una cólera oscura la hizo apretar los dientes.
—Vamos a estar vestidos y sentados esperándote, aquí, sin comer, hasta la hora que llegues. A ver si nos dejas en ayunas —mintió.
Él la besó contento porque ya no había lucha. Se vió al espejo, pulcro, casi elegante, con su traje de dril muy bien planchado; ensayó una sonrisa, ensayó dos o tres expresiones faciales: se aprobó; la imagen respiraba prosperidad y confianza en sí mismo. Dio otro beso a la esposa y apresuradamente se marchó a la calle. Tuvo tiempo de oir el grito.
—¡Ya lo oiste: sentados en la sala y vestidos para salir, y sin comer, hasta que llegues!
—Ya oí, mujer, ya.
Alcanzó a llegarle el rezongo final:
—¡Maldita sea la hora en que te metiste en la política!
Cerró la puerta con cuidado y de un salto subió al tranvía que pasaba.


Cuando se bajó en la Plaza de Armas ya calentaba el sol. “Va a ser un día tremendo”. Cada portal mandaba desde el techo un rumor de aspas furiosas, y el mar soltaba brisas de vez en cuando, pero eso no era nada contra aquel váho de horno que empezaba a subir del asfalto. Y apenas eran las diez de la mañana.
En el portal del Diligencias ya estaban todos instalados. Mario fue saludando con expresiones muy variadas:
—Qué tal mi diputado.
—Cómo te va cabrón.
—General, cuánto gusto de verlo.
Había unas tres personas a las que no conocía, pero muy pronto iba a saber quienes eran. Don Leonardo debía llegar en poco más, y la espera se iba llenando con cuentos pornográficos, vaticinios de un gran cambio hacia la derecha en el gabinete, o de la inminente caída de un cacique local, o descripciones de la nueva, una muy buena que había llegado al burdel habitual con grandes novedades técnicas en su repertorio.
La conversación decayó, porque tardaba don Leonardo.
Mario interrogó a Ciro por lo bajo:
—¿Quiénes son ésos?
Ciro explicó que los más viejos querían sendas concesiones forestales, muy importantes. El cadavérico tenía interés en algo que no sabía muy bien, de pesca.
—¿Cuál me vas a dejar?
—Bueno, según lo que diga Argüelles.
—Claro, sí.
—A ver si el de la pesca.


Eran las once y media. Todos languidecían. E intespentivamente había llegado don Leonardo, exageradamente pulcro, con su clavel inevitable en la solapa y el escaso cabello alisado a la perfección. No le gustaban las grandes cortesías: saludo familiarmente, le contestaron a coro: se sentó; hubo un rumor de sillas; todos imperceptiblemente corrigieron sus actitudes y adoptaron otras más tensas, casi como cuando entra al salón un maestro pavoroso, pero superficialmente amable.
Un mozo recogió, a toda prisa, las cervezas, aun las que estaban llenas, porque desde este instante se bebería solamente coñac. Empezaba esa larga, democrática tertulia tan conocida por los habitantes del pueblo, algunos de los cuales se detenían un segundo para saludar a don Leonardo, con la esperanza de parecer después más importantes, aunque era bien sabido que él dedicaba a todos, conocidos o no, la misma familiaridad con palmaditas, la famosa, la fotografiadísima sonrisa y el mismo largo apretón de manos.
—Permítame que pague la primera —solicitó Ciro con respeto.
Mario no supo si alegrarse. Sólo tenía en la bolsa el billete sacado del ropero, cincuenta pesos nada más. Si cada quien pagara una tanda, él no sabría que hacer cuando llegara el turno de la suya. Había quedado cerca de la cabecera, demasiado cerca para dejar pasar disimuladamente la ocasión de invitar. Y alguien sin un centavo perdía todo respeto, quién va a confiarle asuntos de muchos miles a uno que ni siquiera puede pagar la tanda de coñaques.
—No, no.
El permiso de pagar le fue negado a Ciro.
—Que traigan el cubilete.
Mario respiró un poco: preferible el azar. Quiso valorar al cadavérico: no podía dar idea. Tal vez, seguramente casi, era otro intermediario entre el que verdaderamente hacía el negocio y el casi omnipotente poder de don Leonardo, que había de conceder, o no, la gracia solicitada.
“Si fuera cosas de cien mil”, pensó Mario, “son diez mil para Ciro, mil o dos mil para mí.” Las concesiones forestales eran mejores; hacía dos meses había caido una de casi dos millones, pero le había tocado a Sáenz. “Argüelles lo prefiere, le va a dar lo de la pesca.” La cadena era esa: los hombres como Sáenz, o como Mario, prometían manejar todo; Ciro tomaba el asunto entre las manos para, secretamente, dejar que don Leonardo resolviera, y obtuviera en un rato de charla o en dos llamadas telefónicas la promesa verbal de que aquello se haría. Ciro, sin mencionar jamás a don Leonardo, recogería las firmas; los nuevos, como Sáenz o como Mario, hacían los trámites menores, las vueltas de una oficina a otra, nunca muy largas ni muy difíciles porque todos sabían el nombre que respaldaba aquello.
Humedecido de sudor, el cubilete iba pasando de mano en mano, sonaban las piezas de hueso dentro del cuero, rodaban en la mesa y cada quien decía en voz alta su puntuación:
—Dos pares.
—Tercia.
—Pachuca.
Mario notó que iban perdiendo todos: la cosa iba a quedar entre Argüelles y él. Por un instante se le alteró el pulso, tuvo una repentina resequedad en la garganta. Recibió el cubilete, lo sacudió y tiró, sin pensarlo siquiera. Le salieron dos reyes. Recogió tres dados. Sacudió. Estaba haciendo una difícil maniobra mental que consistía en pensar en otra cosa, en algo indefinido, y en la parte más oscura y profunda de la mente ordenar a los dados que le dieran el otro rey. Se lo dieron.
—Tercia —dijo con naturalidad, y se tomó la copa de un trago. A ver qué tanto hacía Argüelles.
Sonó de nuevo el cubilete en las manos del otro, rodaron los dados.
—Hijos de la gran puta —comentó Argüelles con mansedumbre. Era pachuca. Sacó el dinero de la bolsa y lo tendió al mesero—: Las otras iguales—. Pues los pedidos se pagaban al ordenarlos, según el código de la mesa.
Comentaban ahora, cautamente, que iba a jugar Argüelles para diputado federal. Con lo cual, la intimidad más próxima a don Leonardo quedaría disponible para otro, Ciro seguramente, y habría entre todos un arbitrario movimiento de escalafón, que iba a depender de regalos, o simpatías, o complicidades de burdel, o de cantina, o repertorio de chistes, o seriedad, o esplendidez... tantos misterios y minucias de afinidades y preferencias en el trato personal.


Mario sintió, por largo rato, que él era el amo de sus dados. Con una zona oscura de su mente les daba órdenes, pero fingía no darlas y pensaba obstinadamente algo distinto mientras allá, en algún sitio en que las cosas no se formulan en palabras, él ordenaba: “un par de cincos”, “un rey”, “un as”. Luego, de golpe, algo falló. La docilidad de los dados se había encontrado con otro amo más fuerte en algún punto de la mesa.
—Pachuca —dijo Mario. Conservó un dado, un as. Tiró de nuevo: un par.
Le iban faltando fuerzas, lo sabía. Un trago más y perdería al fin. (Habían perdido casi todos, habían pagado casi todos, hasta don Leonardo) “Pedir prestado”. Las dos palabras subieron flotando, como maderos que se desprenden de un barco hundido. Se aferró a ellas con pánico, vió rostros: Sáenz, Ciro, Argüelles... los demás amigos... Soltó los dos maderos, volvió a nadar con fatiga. Y ese ventilador, que no bastaba...


FIN DE LA PRIMERA PARTE.

Biografía y cuento tomados del libro Antología. El cuento veracruzano; Colección Águila o Sol de la Universidad Veracruzana; Vol. 1; Xalapa, Ver., 1966; pp. 171-177.

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