
Coatzacoalcos. Panorámica desde el Edificio de la Asociación Ganadera. Fotografía de Eusebio Estrada Amaya
Una ciudad no sólo es la proyección tridimensional de su emparrillado, de su lotificación, o de su antiguo trazo de la propiedad privada, no sólo es el cascarón de concreto, vidrio y metal marcado por el tiempo y el clima, ni sólo es la vida industriosa y comercial de sus habitantes, también es el sueño, los deseos y las ganas mismas de vivir y ser feliz que esos habitantes manifiestan de cuando en cuando, o cada vez que están a punto de rendirse en medio de la rutina y el aislamiento. Entre más ajena parece la ciudad, más se esfuerza la gente por realizar sus anhelos, por sobrevivir a la indiferencia y la soledad.

Muelle en Coatzacoalcos. Fotografía de Eusebio Estrada Amaya
Las rutas marítimas, las rutas comerciales, también son algo más que sólo eso, son la oportunidad a veces irrepetible que muchas personas tienen para conocer el mundo. Algunas de ellas llegan con ilusiones, o solamente con su propia ingenuidad. Creen que el mundo es lo que parece a la distancia, o en medio de la bruma de los atavismos. No importa si vienen de Asia o de Europa, la mayoría sólo busca diversión y olvido. Y otros más se embarcan aquí para hacer lo mismo, maravillarse si hay tiempo en la travesía y conocer nuevos puertos, nuevos rostros, nuevas emociones en otras latitudes.

Tres niños porteños, tres miradas. Fotografía de Eusebio Estrada Amaya
El sueño y la diversión se relacionan. Ambos diluyen por un momento la cotidiana realidad. Ambas actividades pueden convertirse en una forma de vida, y así surgen los que sueñan y se divierten en lugar de otros que únicamente se acomodan para verlos reir y esforzarse. A veces expulsamos los sueños y la diversión de nuestra vida diaria, que nos absorbe en su economía; a veces nos conformamos con pequeñas dosis de almíbar por las noches o durante los fines de semana. En general, dejamos jugar a los niños, pero no pocas veces les enseñamos a despreciar los sueños y las ilusiones: hay que convertirles en hombres de bien.
Se extraña Coatza... ojalá que el mendigo huracán no se haya acabado todo...
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