viernes, julio 31, 2009

Región estratégica del sureste del Estado de Veracruz


Vista del puerto de Coatzacoalcos desde la ribera derecha del río del mismo nombre

Aspectos históricos del Istmo de Tehuantepec
Como sabemos ésta ha sido una de las regiones que, desde tiempos muy remotos, se definió con claridad merced a la ambición que despertó en los inversionistas extranjeros la construcción de un canal interoceánico que uniera los dos mares y permitiera el tráfico masivo de mercancías y servicios entre los países orientales y el mundo occidental.

Afortunadamente, para México, tal proyecto no pasó del papel, lo que hubiera implicado, de realizarse, el pleno dominio de esta zona por parte de fuerzas e intereses ajenos a nuestro desarrollo.

viernes, mayo 01, 2009

José Mancisidor, escritor veracruzano

José Mancisidor. Imagen tomada de la Enciclopedia de México, tomo VIII


José Mancisidor (1894-1956)

Nació el 20 de abril en la ciudad de Veracruz y murió en Monterrey, N.L., el 21 de agosto. Hizo sus estudios en su ciudad natal. Fue diputado a la Legislatura del Estado y Presidente de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios. Enseñó historia y ciencias sociales en la Escuela Normal de la ciudad de México. Gran parte de su vida la dedicó al periodismo y a la literatura, cultivando tanto el ensayo como la narrativa. Entre sus novelas encontramos La asonada (1931), La ciudad roja (1932), y En la rosa de los vientos (1941), premiada en el concurso de novelas celebrado en 1940. En 1950 recogió dieciséis de sus cuentos en el volumen La primera piedra, en los que trata temas sociales del México posterior a la Revolución. Sus personajes son tipos mexicanos que luchan por hallarse a sí mismos y por un México mejor, como vemos en “Mejor que perros”. En 1946 Mancisidor demostró su interés en el cuento mexicano publicando dos de las más completas antologías del género, una dedicada al siglo XIX y otra al siglo XX.


Museo Ex-Hacienda El Lencero, Emiliano Zapata, Ver.

Mejor que perros
La noche se nos había venido encima de golpe. El coronel ordenó hacer alto y pernoctar sobre el elevado picacho de la intrincada serranía. Por valles y colinas y en el fondo de cercano barranco, disparos aislados acosaban a los dispersos. A mi lado, los prisioneros, arrebujados en sus tilmas, dejaban al descubierto los ojos negros y expresivos que se extraviaban en insondables lejanías.
Una racha de viento helado sacudió mi cuerpo y un lúgubre aullido hizo crujir entre mis dientes la hoja del cigarro.
El coronel, mirándome con fijeza, me preguntó:
―¿Cuántos muchachos le faltan?
Llamé al oficial subalterno, le di órdenes de pasar lista y quedé nuevamente de pie, sobre la cúspide pronunciada de la sierra, como un punto luminoso en la impenetrable oscuridad de la noche.
El coronel volvió a llamarme. Me hizo tomar un trago de alcohol y me ordenó:
―Mañana, a primera hora, fusile a los prisioneros…
Luego, sordo al cansancio de la jornada, me recomendó:
―Examínelos primero. Vea qué descubre sobre los planes del enemigo.
A poco rato, el coronel roncaba de cara al cielo, en el que una luna pálida trataba de descubrirnos.
Los prisioneros seguían ahí, sin cerrar los ojos, sumidos en un hermetismo profundo que se ahogaba en el dramático silencio de la noche.
Encima de nuestras cabezas pasaba el cantar del viento y tenue, muy tenue, el susurrar de los montes que murmuraban algo que yo no podía comprender.
Se avivaron los rescoldos de la lumbre y los ojos de los prisioneros brillaron en un relámpago fugaz. Me senté junto a ellos y brindándoles hoja y tabaco, les hablé, con el tono fingido de un amigo., de cosas intrascendentes.
Mi voz, a través del murmullo de los montes, era un murmullo también. Brotaba suave, trémula por la fatiga y parecía dotada de honda sinceridad.
Los prisioneros me miraban sin verme. Fijaban su vista hacia donde yo estaba para resbalarla sobre mi cabeza y hundirla allá, en las moles espesas de la abrupta serranía. De sus ojos como aristas aceradas, surgía una luz viva y penetrante.
―¿Por qué pelean? ―aventuré sin obtener respuesta.
El silencio se hizo más grave aún, casi enojoso.
Me enderecé de un salto, llegué hasta el coronel y apoderándome de la botella que antes me brindara, la pasé a los prisioneros invitándolos a beber. Dos de ellos se negaron a hacerlo, pero el otro, temblándole el brazo, se apresuró a aceptar. Después se limpió la boca con el dorso de la mano sucia y me dirigió un gesto amargo que quiso ser una sonrisa.


Museo Ex-Hacienda El Lencero, Emiliano Zapata, Ver.

Volví a sentarme junto a los hombres como esfinges, y obedeciendo a un impulso inexplicable, les hablé de mí. De mi niñez, de mi juventud que se deslizaba en la lucha armada, y de un sueño que en mis años infantiles había sido como mi compañero inseparable.
A veces tenía la impresión de locura. De hablar conmigo mismo y de estar frente a mi propia sombra, descompuesta en múltiples sombras bajo la vaga luz de la luna que huía entre montañas de nubes. Y olvidado de mis oyentes continuaba hablando, más para mí que para ellos, de aquello que de niño tanto había amado.
De repente una voz melodiosa vibró a mi lado y calle sorprendido de escuchar otra voz que no fuera la mía.
El más joven de los prisioneros, aquél que había aceptado la botella, con mano temblorosa, ocultando los ojos tras los párpados cerrados, musitaba:
―Es curiosa la vida… Como tú, yo también tuve sueños de niño. Y como tu ―¡qué coincidencia!― soñé con las mismas cosas de que has hablado. ¿Por qué será así la vida?
Tornó a soplar una racha helada y el aullido se hizo más lastimero y más impresionante.
El joven prisionero quedó pensativo para después continuar:
―Me sentí como tú, peor que perro… Acosado por todas partes. Comiendo mendrugos y bebiendo el agua negra de los caminos.
Calló y luego, quebrándose su voz en un gemido:
―Ahora seré algo peor ―dijo―. Seré perro muerto con las tripas al sol y a las aguas, devorado por los coyotes.
―¡Calla! ―ordené con voz cuyo eco parecía tiritar sobre el filo de la noche.
Guardé silencio y me tendí junto a los prisioneros que pensaban quizás en la oscuridad de otra noche más larga, eterna, de la que nunca habrían de volver.


Museo Ex-Hacienda El Lencero, Emiliano Zapata, Ver.

Poco a poco me fui aproximando a ellos y al oído del que había hablado repetí:
―¿Por qué peleas tú?
―No te lo podría explicar… Pero es algo que sube a mi corazón y me ahoga a toda hora. Un intenso deseo de vivir entre hombres cuya vida no sea peor que la vida de los perros.
Saqué mi mano de la cobija que me envolvía y buscando la suya la apreté con emoción profunda. Y luego, acercando mi boca hasta rozar su oreja, le dije velando la voz:
―¿Quieres que busquemos nuestro sueño juntos?
Los otros prisioneros adivinaron nuestro diálogo. Nos miraron con interrogaciones en la mirada, y enterados de nuestros planes, se apresuraron a seguirnos.
Nos arrastramos trabajosamente. Cerca, el centinela parecía cristalizado por el frío de la hora, sobre la verde montaña. Burlamos su vigilancia y nos hundimos en el misterio de la noche. La luna se había ocultado ya y mi nuevo compañero y yo, dando traspiés, corríamos por montes y valles en busca de un mundo en que los hombres, como en nuestro sueño de niños, vivieron una vida mejor que la vida de los perros…

(De La primera piedra)


Biografía y cuento tomados del libro Antología. El cuento veracruzano; Colección Águila o Sol de la Universidad Veracruzana; Vol. 1; Xalapa, Ver., 1966; pp. 75-79.

Fotografías tomadas del Banco de imágenes de Veracruz.

miércoles, abril 15, 2009

La pluviosilla veracruzana: Orizaba

Escena del Pico de Orizaba

El pico de Orizaba (Citlaltepec o Citlaltepetl, en nahuatl) se localiza en el cruce de la cordillera llamada Eje Volcánico Transmexicano, que se extiende de Oeste-Este, y la cordillera de la Sierra Madre Oriental, que se extiende ―casi en ángulo de 45º respecto al Eje― hasta el Río Bravo, en la frontera con los EE.UU. Este volcán alcanza una altura aproximada de 5700 m. En su alrededor, y abarcando municipios del Estado de Veracruz y Puebla, se localiza el Parque Nacional Pico de Orizaba, creado por decreto presidencial en 1937 y que hoy día está cobrando mayor importancia gracias a la promoción de una cultura ecológica.

jueves, marzo 12, 2009

Casimiro Castro y sus litografías del Ferrocarril Mexicano desde Veracruz a Maltrata (1877)

Casimiro Castro, posible autorretrato. Imagen tomada de la Enciclopedia de México, tomo II


Casimiro Castro, nace y muere en la ciudad de México (1826 – 1889). Dibujante, litógrafo y pintor; fue discípulo de Pedro Gualdi*. En 1849 ilustró la Descripción de la solemnidad fúnebre con que se honraran las cenizas del héroe de Iguala D. Agustín de Iturbide.

martes, febrero 24, 2009

Episodio juvenil, cuento de Juan Díaz Covarrubias


Grabado, Fuente: Obras de Don Juan Díaz Covarrubias Tomo I;
V. Agüeros, Editor; México 1902.


JUAN DÍAZ COVARRUBIAS

(1837-1859)

El malogrado poeta y novelista Juan Díaz Covarrubias nació en Xalapa el 27 de diciembre y murió fusilado en Tacubaya el 11 de abril. Durante su corta vida tuvo tiempo para publicar numerosas poesías, tres novelas y varios cuentos. Impresiones y sentimientos (1857) es una colección de artículos y bocetos de cuentos. El método favorito de Díaz Covarrubias es el de empezar por una moralización y luego concluir con una pequeña historieta que ilustre el defecto que se critica. Entre sus mejores narraciones cortas encontramos “La azucena y la violeta”, “La sensitiva” (1859) y “Episodio juvenil”, en las cuales predomina la nota sentimental y la idealización de los personajes. Sabe, sin embargo, pintar, y sus cuadros se nos quedan en la memoria. En este “Episodio juvenil” la nota dramática añade una dimensión a la anécdota, dando al relato un relieve que le salva de quedarse en simple estampa.

Biografía tomada del libro El cuento veracruzano (Antología), Colección Águila o sol de la Universidad Veracruzana, Xalapa 1966, p. 31.

jueves, febrero 19, 2009

Estudiantes de la Escuela Secundaria y de Bachilleres MAG, 1972


Fotografía de Alicia Paredes Garduza

Esta imagen se capturó en 1972, año en el que quienes disfrutábamos del cine (cinematógrafo) habíamos visto o veríamos pronto filmes como El Castillo de la Pureza de Arturo Ripstein, con Rita Macedo, Arturo Beristain y Claudio Brook; Barba Azul de Edward Dmytryk, con Rachel Welch, Virna Lisi y Richard Burton; El Hombre de la Mancha de Arthur Hiller, con Sophia Loren como Dulcinea y Peter O'Toole como Don Quijote; El ocaso de una estrella de Sidney J. Furie, con la ya entonces famosa Diana Ross; El último tango en París de Bernardo Bertolucci, con Marlon Brando y Maria Schneider; Hermano sol, hermana luna de Franco Zeffirelli, con Graham Faulkner como Francisco y con interpretaciones musicales de Donovan; o El Padrino de Francis Ford Coppola, protagonizada por el mítico Marlon Brando y Al Pacino.