viernes, abril 30, 2010

Carlos Díaz Dufoo (1861-1941)

Nació en el puerto de Veracruz el 4 de diciembre. Gran parte de su juventud la pasó en Europa. Al volver a México en 1884 se dedicó con ahínco al periodismo y a la literatura. Fundó con Gutiérrez Nájera la Revista Azul. Tanto allí como en El Imparcial y en El Mundo -publicaciones de las que fue director- publicaba sus cuentos, a veces con el seudónimo Cualquiera y otras con el de Pastiche. En 1901 recogió sus narraciones cortas en el volumen Cuentos nerviosos. Las dieciséis allí contenidas, escritas en estilo modernista, se caracterizan por la brevedad, por el interés en la sicología de los personajes y por los temas trágicos, como vemos en "Por qué la mató" y en "El centinela", tal vez los dos más logrados cuentos de Díaz Dufoo.

BIBLIOGRAFÍA. Cuentos nerviosos (México, 1961).
CONSULTAR. Roberto Núñez y Domínguez. Don Carlos Díaz Dufoo: semblanza biográfica (México, 1941).


Edificio de Correos de Veracruz



POR QUÉ LA MATÓ


Y fijando en ella sus grandes pupilas de felino, aquel impasible, que parecía haber absorbido los desalientos de muchas generaciones, tuvo un gesto trágico. Sus labios temblaron un momento, convulsivamente, y por su frente cruzó una sombra siniestra.
Luego, sacudiendo con energía su cabeza:
-¡Te mataría! -dijo, y su voz resonó con estridencias metálicas.
Ella lo miró asombrada, y, cosa rara, anormal, inconcebible, por primera vez lo encontraba hermoso.
Aquel hombrecito vacilante, de color oscuro, mirada como perdida en un sueño lejano; aquel ser débil, asido a la vida por un hilo invisible, de quien la juventud había huido antes de tiempo; aquel triste compañero que alumbraba tenuemente su existencia ansiosa de todos los grandes cuadros de luz, de todas las ráfagas que pasaban, de todas las palpitaciones y de todos los frenesíes, se le alzaba ahora transfigurado por el dolor, engrandecido por la ira, inflamado por la pasión.
Y con un ademán de soberbia rebeldía, aquel vencido se erguió bruscamente, y a sus ojos se asomó el reflejo de una voluntad inquebrantable.
¡Ah! Era tierno y terrible a la vez el espectáculo de aquel eterno martirizado, presa de una inextinguible angustia, que bebía amargamente la vida, frente a una crisis suprema, retorciendo su pobre cuerpo en un espasmo nervioso, extendiendo sus manecillas, trémulas, mientras que por su faz cadavérica, fatigada e indecisa, surcaba un salvaje deseo de acudir al obstáculo y eliminarlo fríamente, sin compasión, sin misericordia.
Y toda su existencia acudió a su memoria, toda una vida gastada estérilmente al lado de aquel hombre taciturno y dulce, al mismo tiempo, sonámbulo del amor, perseguido por extrañas inquietudes, envuelto en impalpables sombras, con una vaguedad nostálgica en las horas de más completo abandono con una huella indeleble de sufrimiento, con una tortura reiterada, contínua, morbo que se agitaba en su espíritu de ave inquieta.
¿Cómo había unido su juventud triunfal y osada a aquella visión temblorosa y frágil? ¿Cómo el rayo del sol se dejó ganar por la niebla? Lo recordaba bien ahora. Fue al principio un capricho pueril, una fantasía baladí; un diletantismo malsano, mezcla de curiosidad, de temor, de ironía, ¿quién sabe? Algo que se escapó más tarde de su análisis, fino e incisivo.
¿No había, cuando niña, torturado a los pájaros? ¿No había sentido un placer punzante y exquisito al desgarrar el corazón de su primer enamorado? ¿Por qué?... ¡Ah! Es muy hermoso el camino cuando el sol esparce a bocanadas su roja sangre por las arterias del universo y en las ramas de los arbustos ha prendido guirnaldas la primavera que pasa; es muy hermoso avanzar entonces, arrullados por todas las canciones que han recogido, bajo sus arcadas, las frondas; acariciados por todas las promesas y los juramentos que el aire arrastra en su ala, buscar esos mil ojillos invisibles que os contemplan, ir adelante, con la boca sedienta de todos los besos y el alma ansiosa de todas las sensaciones. ¡Y adelante siempre! ¡Siempre adelante! ¡Espíritu jamás repleto, deseo nunca colmado, ansia infinita!...
Vivir todas las vidas, amar todos los amores, gozar todos los goces, palpitar en todos los gérmenes de la eterna, inacabable existencia, panteísmo inconsciente, en los comienzos, ansia delirante, después, que agitaba su buena dicha de vivir, hacerla correr locamente, porque ¡acaso valdría la pena, de otro modo, de ser vida?
Ser amada es tener un ser en adoración, un esclavo a quien dar de latigazos, sin pensamientos, sin Dios, extático, mudo, inmóvil, con los brazos tendidos en actitud de súplica, sin una protesta, sin una rebeldía.
Y cuando el Holandés errante -ahora recordaba cómo le había llamado al conocerlo- se cruzó en su camino, aquella incorregible curiosa se sintió atraída por el picante atractivo de estudiar aquella alma que, decía ella, tenía algo de luz de luna.
¡Pobre hombrecillo, de rostro asustado y tímido, movimientos torpes y ojos apagados! ¡Qué fácilmente fue arrastrado por la caudalosa corriente! ¡Cómo cobijó sus tristezas bajo el manto flordelisado de aquella soberana! ¡Pájaro que se retrata en el lago, insecto que hace brillar el sol, gota de rocío disuelta en el pétalo de una rosa!
Y después... cuando la víspera de la boda, una observadora (¿sería acaso un observador?) la preguntaba:
-¿Pero le quieres?
-¡Ah! ¿qué importa -dijo ella-, si él me quiere?
¿Amar?... ¿No valía más ser amada?
Y fue amada trsitemente, tímidamente, sin explosiones, sin gritos de pasión, sin entusiasmos; amada por un esclavo extático, mudo, inmóvil, a quien ella marcaba con cicatrices.
¿Cuánto tiempo duró aquel drama silencioso y taciturno? Meses... años... ¡qué sabía ella!
Lo que sí sabía es que una mañana, frente a aquel hombre inquieto y sobrecogido, lanzó brutalmente esta provocación:
-¿Y si te engañase?...
-Te mataría -contestó él. Y después de uncorto silencio, se alejó lentamente.
¡Matarla! ¡Ah! ¡Entonces sí lo amaría, lo adoraría de rodillas, su última mirada sería para él, su postrera palabra su nombre!... ¡Y la atracción del abismo se apoderó de ella, una atracción contra la que es vano luchar, un vértigo de sentir una sensación exquisita, incomparable, más fuerte que la misma muerte!
¡Matarla! ¡Matarla! Y bien, ¡sí! Por experimentar una vez el deleite supremo de sentirse amada de tal suerte, iría resueltamente al peligro, con la loca alegría de la que acude a la primera cita de amor, como la que espera al amante soñado.
¿Cómo fue? Cínicamente, sin preliminares, sin titubeos, se dejó caer en el fondo de la falta... de la falta que iba a redimirla para el amor.
Y esperó, palpitante, ansiosa, poseída de un goce que cantaba en su ser un himno, espero el momento supremo, cuando, después de haber trazado con temblorosa mano las dos líneas de un anónimo, vió abrirse aquella puerta y el relámpago de un disparo...
Luego, la sensación de que se le iba la vida, y, como una visión ya casi lejana, la pálida cabeza de un hombre que fijaba en ella sus grandes ojos de felino.
Y cogiendo aquella cabeza entre sus manos, con un esfuerzo supremo, la besó febrilmente.
-¡Ah, te adoro!... -murmuró como en un éxtasis.



(De Cuentos nerviosos)



Biografía y texto del cuento tomados del libro El cuento veracruzano. Antología; introducción, selección y notas de Luis Leal; colección Águila o Sol; Universidad Veracruzana; Xalapa, Ver., México, 1966; pp. 43-47.

Imagen tomada del Banco de Imágenes de Veracruz

miércoles, marzo 31, 2010

Coatzacoalcos: ciudad y sueños a fines de los setenta

Coatzacoalcos. Panorámica desde el Edificio de la Asociación Ganadera. Fotografía de Eusebio Estrada Amaya

Una ciudad no sólo es la proyección tridimensional de su emparrillado, de su lotificación, o de su antiguo trazo de la propiedad privada, no sólo es el cascarón de concreto, vidrio y metal marcado por el tiempo y el clima, ni sólo es la vida industriosa y comercial de sus habitantes, también es el sueño, los deseos y las ganas mismas de vivir y ser feliz que esos habitantes manifiestan de cuando en cuando, o cada vez que están a punto de rendirse en medio de la rutina y el aislamiento. Entre más ajena parece la ciudad, más se esfuerza la gente por realizar sus anhelos, por sobrevivir a la indiferencia y la soledad.

Muelle en Coatzacoalcos. Fotografía de Eusebio Estrada Amaya

Las rutas marítimas, las rutas comerciales, también son algo más que sólo eso, son la oportunidad a veces irrepetible que muchas personas tienen para conocer el mundo. Algunas de ellas llegan con ilusiones, o solamente con su propia ingenuidad. Creen que el mundo es lo que parece a la distancia, o en medio de la bruma de los atavismos. No importa si vienen de Asia o de Europa, la mayoría sólo busca diversión y olvido. Y otros más se embarcan aquí para hacer lo mismo, maravillarse si hay tiempo en la travesía y conocer nuevos puertos, nuevos rostros, nuevas emociones en otras latitudes.

Tres niños porteños, tres miradas. Fotografía de Eusebio Estrada Amaya

El sueño y la diversión se relacionan. Ambos diluyen por un momento la cotidiana realidad. Ambas actividades pueden convertirse en una forma de vida, y así surgen los que sueñan y se divierten en lugar de otros que únicamente se acomodan para verlos reir y esforzarse. A veces expulsamos los sueños y la diversión de nuestra vida diaria, que nos absorbe en su economía; a veces nos conformamos con pequeñas dosis de almíbar por las noches o durante los fines de semana. En general, dejamos jugar a los niños, pero no pocas veces les enseñamos a despreciar los sueños y las ilusiones: hay que convertirles en hombres de bien.

domingo, febrero 28, 2010

San Juan Volador

Ubicación de San Juan Volador. Imagen de Google

San Juan Volador se ubica en el municipio de Pajapan, Veracruz, cerca de Peña Hermosa, en la costa del Golfo de México. Es una comunidad que auna sus costumbres locales con las preocupaciones, nacionales e internacionales, por la protección del medio ambiente y de las especies en peligro de extinción. Dado el peso de la tradición indígena, podría pensarse que la juventud de San Juan Volador vive apartada de los gustos urbanos, pero no es así. Es tan moderna como cualquier habitante del mundo contemporáneo. O, habría que decir, es tan susceptible a la influencia de la moda como cualquier otra juventud de Oriente o de Occidente.

Vista de la Sierra de Santa Martha. Fotografía de Juan Antonio Vidaña

Como puede verse en la imagen anterior, la Sierra de Santa Marta se localiza al suroeste de San Juan Volador. Ella señala el corazón de Los Tuxtlas, uno de los reductos del bosque y la selva que le quedan al país. En sus estribaciones se realizan investigaciones científicas y se resguarda la flora y la fauna, en general la producción natural de la montaña. Mucho se ha perdido, pero no es poco lo que todavía puede salvarse, y no sólo en lo material, sino también en conocimientos. Los inventarios requieren de mucho tiempo y dinero, de ahí que sean lentos a pesar de que se trabaja a contrarreloj, a pesar de las nuevas políticas nacionales.

El volcán de San Martín. Fotografía de Juan Antonio Vidaña

Entre la mencionada Sierra de Santa Marta y San Juan Volador, está el volcán de San Martín. No deja de ser curioso que los antiguos habitantes de la región, e incluso todavía muchos de los actuales, prefieran llamarlo "El Cerro de San Martín". Este nombre es menos inquietante que el primero y esta disminución del peligro latente podría ser una explicación del por qué del "olvido". La otra explicación tendría que ser forzosamente la lejanía en el tiempo de la última sacudida volcánica, o la costumbre generalizada de llamar "cerro" a la elevación que se contempla a la distancia.

La playa de Peña Hermosa. Fotografía de Juan Antonio Vidaña

Para el habitante local, decir Peña Hermosa es lo mismo que decir San Juan Volador, pues la ven no sólo como una fuente de ingresos generados por el turista nacional o extranjero, sino además como el medio ambiente que les pertenece y que han de conservar. Pero no se percibe orgullo en esta identificación con la naturaleza, sino modestia, pues se sabe que la tarea es ardua y contínua, y que tendrá que pasar de padres a hijos. La política actual impide pensar en soluciones económicas tradicionales. San Juan volador tiene que desarrollarse por la vía más difícil, pero a la vez la menos contaminante.

lunes, enero 25, 2010

Calendario de Helguera - Segunda parte

Buena vendimia

Estas ilustraciones de Helguera no sólo son un trabajo artístico digno de colección o en servicio de una empresa vitivinícola; son mucho más que arte y que publicidad. Son parte de la memoria de muchas generaciones que las vimos adornando los lugares más disímbolos de la ciudad y del país. De tal suerte que Helguera, como Jorge González Camarena y su ilustración de La Patria, en los libros de texto gratuitos, es nuestra referencia de una historia familiar, de las fotos del primer cumpleaños, de las primeras amistades, del amor al terruño.

Celebrando la cosecha

Estas ilustraciones son temas esencialmente hispánicos es verdad. La cultura del vino, las alusiones a la religión y las misiones, sin olvidar a los hacendados y las conexiones que pueden hacerse con la Colonia. Pero ya hemos visto en la primera parte que la obra de Helguera también aborda temas prehispánicos. De cualquier modo, nada de esto niega la complejidad del carácter nacional, que no se agota en lo criollo, pero tampoco en el Valle del Anáhuac, que más bien lo extiende hacia la Sierra Rarámuri, la Meseta Purépecha, o hacia el Totonacapan y el Mayab; o, en este caso, hasta la Baja California.

Inicia la diversión

Por encima de la publicidad, lo que más destaca del trabajo de Helguera es la picardía de las ilustraciones, y es en los niños representados donde más se manifiesta la época y el humor nacional. La arquitectura colonial y la cultura del vino se funden con la religión y la irreverencia infantil para darnos escenas que parecen sacadas de las mejores obras de la cinematografía mundial. No son encuadres fotográficos, o de profundas perspectivas. Más bien son primeros planos donde el detalle es lo que cuenta y el movimiento se logra mediante efectos diagonales.

Traviesos monaguillos

Hemos hecho esta presentación en blanco y negro para enfatizar los aspectos mencionados, pero en la técnica clásica de Helguera el color adquiere suma importancia. Dado que el tema comercial de Helguera es el vino y la uva, elementos de pequeñas dimensiones, el pintor se concentra en la camaradería de los padres y los propietarios, así como en la salud que rebozan los niños representados. Las figuras humanas son blancas u oscuras y el fondo terroso, lo que le permite introducir los colores reales del vino y la uva, que se repiten como racimos o toneles sin que se pierdan en el conjunto.


Imágenes: Galería de Jesús Helguera 2009. Calendarios Landin

viernes, diciembre 11, 2009

Cubilete, un cuento de Carballido - Segunda parte

Ciudad y puerto de Veracruz, donde tiene lugar el cuento de Emilio Carballido


CUBILETE

A Fernando Benítez

... tus minas el palacio del Rey de Oros...
RAMÓN LÓPEZ VELARDE



SEGUNDA PARTE


Iba a correr la nueva tanda cuando vio el rostro ansioso, el gesto tímido: alguien, junto a aquella columna, le hacía señas discretas y angustiadas. “Héctor Cervera”. Un hombre de otro universo, alguien que fue compañero de oficina y amigo, entre los muchos que ya no veía más desde que había obtenido un puesto sindical y por allí había entrado en el mundo de la política. No demostró haberlo visto, (“Hay que disimular, nunca se sabe”, otra de las nebulosas leyes en el código intuitivo de la mesa.) Se levantó como si fuera a orinar, y entró al edificio; ahí, fuera de la perspectiva para los otros, hizo señas a Héctor. Se abrazaron, se alejaron hacia un rincón.
A Héctor le habían pasado veinte desgracias: se le había muerto un hijo, había hipotecado su casita a medio construir. Y ahora la madre estaba muy enferma, en Baja California, ¿y con qué dinero iba a cruzar la enormidad del país, para llegar a tiempo?
Mario escuchó con emoción (un tanto distraída) las desgracias del amigo. Todo aquello conducía a un préstamo. Sí, lo habría ayudado de estar en otras circunstancias. Pero ahora importaba más esa inmediata tanda de coñaques (¿y cómo carajos iba a pagarla?) y no podía sentir realmente todo lo que aquel pobre le contaba.
—La polio. Pobrecito. Era tu hijo más... —Buscó la palabra. (El día anterior, don Leonardo le había contado un chiste a él, a Mario, y eso quería decir... ) — ...más listo. Pobrecito.
No supo continuar. Apretó el brazo de Héctor. Y la mamá, tan grave del corazón, ¿con qué se le complicó? No entendía bien si los pulmones eran del hijo o de la madre, o a quién pertenecían los riñones enfermos, o el hígado. Tanta víscera, y él ya estaba tardando demasiado, lejos de la mesa. Pobre Héctor, verdaderamente lo sentía. Tan impaciente estaba, no, tan condolido, que pensó darle en un gesto magnífico (se vio haciéndolo) su único billete de cincuenta pesos, que al fin tampoco a él le servía de nada. Y una extraordinaria cadena se desenredó en su mente, dando un chasquido, con todo el brillo de un relámpago. Se quedó viendo al otro, críticamente, catalogándolo: ojos húmedos y humildes, barba de dos días, ropa limpia y descuidada, decencia... La imagen misma de quien tiene tratos con la fatalidad.
—Héctor fíjate bien. Estoy sin un centavo. Pero me vas a repetir todo esto en la mesa, tal y como me lo has contado.
El otro no entendía; procedió a explicarle velozmente.


Volvió a sentarse; ya iba acabando la jugada y se dio maña para no tomar parte. Ninguno había advertido la duración de su ausencia. Circulaban los dados otras vez cuando Héctor se aproximó. Fingió no verlo, y así fue como Ortega le dijo a Ciro, y Ciro a Mario que lo buscaban. Alzó la vista:
—¡Héctor!
¡Un viejo amigo! Salió del sitio, lo abrazó, tanto tiempo sin verlo. Ahora podía pensar en Héctor como en un ser humano, sin el temor del cubilete, sin la impaciencia de estar lejos de la mesa. Los sentimientos le fluían con tal sinceridad que el mismo Héctor se olvidó de que se habían visto minutos antes. La escena volvió a correr, pero a la perfección. Ahora si eran los dos viejos amigos. Casi sin darse cuenta, Mario alzaba la voz, subrayando las partes claves de la conversación, haciéndola vagamente inteligible para los espectadores.
—Tu hijo el más chico...
—Tu mamá...
—En Baja California, tan lejos.
Se va a quedar sola tu esposa, claro. ¿Y los otros niños?
Ahora sí. Los pulmones fueron los del niño; el corazón, de la madre; el hígado, de la esposa, que quedaría sola si Héctor pudiera hacer el viaje.
Había terminado el relato. Mario permaneció serio, concentrado, sufriendo junto a Héctor, pensando con mucha fuerza: “¿cómo voy a ayudarlo?” Echó mano a la bolsa, vio a los demás. Tomó lo que parecía la decisión súbita de un corazón abierto: habló.
—Quiero que conozcan a un viejo amigo mío, Héctor Cervera. Se le murió un hijo; tiene a la madre enferma en Baja California...
Casi se sorprendió al oírse la voz, enronquecida de emoción auténtica. Pudo explicar el caso con un patetismo discreto y eficaz. Remató con un gesto que por poco se pasa de impulsivo: tomó de pronto el sombrero de Sáenz y echó, el billete único que traía, sin dejar de ver demasiado de qué color era.
—No puedo ayudarte con más. Pero yo sé que los amigos... —Hizo un gesto—. Todos sabemos lo que es tener a la madre enferma, o dejar a la esposa sola. Héctor es un trabajador, como todos nosotros...
Agregó unas cuantas líneas. Aunque todos sabían beber, a esas alturas ayudaba el coñac para bombear los sentimientos que invocaba Mario. Hizo circular el sombrero. Saénz veía pasar su prenda de mano en mano, mientras iban llenándola de billetes. Cuando pasó por las suyas (“qué sudadas las tengo”) echó cien pesos de mala gana, pensando que el sombrero era nuevo y se lo iban a ensuciar.
Don Leonardo arrojó un billete que Mario no pudo distinguir de qué color era, pero que hizo tragar saliva al cadavérico, pues él seguía, imposible ser menos. Y estaban los otros solicitantes, que contribuyeron también. El sombrero iba a volver al punto de partida, y se imponía que don Leonardo dijera alguna frase. Los hizo: vio a Héctor con esa simpatía que irradian los grandes hombres y dijo, serio, poniendo ojos de idealista:
—Sólo tenemos una madre en esta vida.
Todos pusieron caras de emocionados y Ciro murmuró:
—Sólo una.
El sombrero rebosaba billetes, y Héctor no sabía si sentirse como un payaso de feria o como un hombre muy afortunado. Mario lo abrazó, pero ya la vergüenza era excesiva; murmuró oscuramente su gratitud y huyó casi, al interior del edificio, con el sombrero entre las manos.
Mario volvió a sentarse. Un silencio emocionado flotaba sobre la mesa. Estaba hecho, y ahora sólo quedaba alcanzar a Héctor y repartir equitativamente lo ganado. De pronto, el corazón le dio un vuelco: ¿y si Héctor se fuera con todo? Empezaron a escurrirle goterones por la frente; era una suerte ese calor, porque también a otros, pero él sudaba frío. ¿Y si Héctor se fuera con todo? El cubilete sonó en las manos de don Leonardo. Iba a empezar la tanda y tendría que esperarla, íntegra, antes de ir a buscar a Héctor.
Sáenz no sabía cómo formularlo, pero era su único sombrero. Dijo al fin:
—Tu amigo... Tu amigo estaba tan emocionado...
—Trató de sonar casual y divertido— ...que se llevó mi sombrero.
Las carcajadas fueron tales que la gente se detuvo en la calle, para curiosear. A don Leonardo le escurrían lágrimas de risa. El cadavérico enrojeció. La emoción que habían tenido que sostener se rompía al fin del mejor modo posible. Aullaban, golpeaban la mesa.
—¡Hermano, qué bárbaro! —Mario también se doblaba de la risa— Voy a alcanzarlo.
—No, no tiene importancia, déjalo—. Y el pobre Sáenz trataba de reírse igual que todos, pero sentía que de algún modo el tiro de cubilete había salido en contra suya.
Mario se apresuró, actuando levemente en farsa. Fingió buscar en la calle, preguntó a un mesero y entró hacia el sitio convenido, el mingitorio.
Ahí estaba Héctor esperándolo, con el sombrero apretado entre los brazos, sin atreverse aún a valuar el fruto de la colecta. Lo contaron juntos, y a Héctor le dio un mareo, se apoyó en la pared y empezó a sollozar: nueve mil ochocientos cincuenta pesos.
—Hermano, hermano.
No atinaba. Al abrazar convulsivamente a Mario tiró el sombrero en un charco de orines. Lo levantó.
—Hermano.
Se sonó, empezaba a serenarse.
Mario se conmovió también, se le humedecieron los ojos, se sintió bueno, hábil, grande, generoso.
—Dame nada más cuatro mil.
Héctor sollozó en seco.
—No, no, no, hermano. La mitad, menos...
Mario le echó el dinero a la bolsa. Lo dejó llorando en el mingitorio.


La entrega del sombrero provocó nuevas carcajadas. Ciro le susurró a Mario en el oído que el asunto de pesca sería para él. Alguien hablaba de una vacante para un puesto pequeño: diputado local suplente (pero era un escalón y hasta podría ser un buen escalón). Esa región oscura de la mente de Mario le prometió que sería suyo.
Tiró los dados: una tercia. Los recogió y supo que haría pókar. Agitó el cubilete, hizo sonar los dados como quien rueda una semilla en el vientre de un fruto maduro y en el tronido seco y hueco sintió que se agitaban montes y costas, campos agrícolas, peces, minas, ganado, la Patria entera de las lecciones de Civismo y Geografía. Tiró para anunciar tranquilamente:
—Pókar.



(De La caja vacía)


Biografía y cuento tomados del libro Antología. El cuento veracruzano; Colección Águila o Sol de la Universidad Veracruzana; Vol. 1; Xalapa, Ver., 1966; pp. 177-182.


Fuente de la fotografía: Banco de Imágenes de Veracruz

domingo, octubre 25, 2009

Cubilete, un cuento de Carballido


Emilio Carballido (1925-2008)

Nació en Córdoba el 22 de mayo. Hizo sus primeros estudios en su ciudad natal. En la Capital estudió en la Facultad de Derecho, de donde pasó a Filosofía y Letras. Recibió el grado de Maestro con especialización en Arte Dramático. Desempeña hoy [1966] el puesto de maestro en la Facultad de Arte Dramático del INBA, lo mismo que en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Veracruzana. Entre sus obras teatrales —que le han valido innumerables premios— hay que citar La zona intermedia (1949), Rosalba y los llaveros (1950), Un pequeño día de ira (1962) y Medusa (1958). la última es una original recreación del mito de Perseo. También ha cultivado, y con acierto, el cuento. En diversas publicaciones literarias publicó una serie de relatos veracruzanos, algunos de los cuales pasaron a formar la colección La caja vacía (1962). en estas diez narraciones capta con profundidad ambientes y personajes tanto de su Estado natal como de otras regiones de México. Sabe Carballido calar en la sicología de sus personajes, que siempre resultan auténticos. Y también crear verídicas escenas en las cuales pone en juego todos los recursos dramáticos que le son conocidos. El resultado es la creación de profundas y al mismo tiempo animadas narraciones.

Luis Leal, en El cuento veracruzano (Antología), editado por la Universidad Veracruzana en 1966; p. 171.

Para actualizar la biografía de Carballido consulte por ejemplo el Diccionario de Escritores en México.




CUBILETE

A Fernando Benítez

... tus minas el palacio del Rey de Oros...
RAMÓN LÓPEZ VELARDE


Como el ropero rechinaba roncamente al abrirlo, la esposa se dio cuenta de lo que Mario estaba haciendo.
—¡Mario! ¡Es el dinero del gasto!
—Te lo voy a traer al mediodía.
—¿Y cómo piensas que vamos a comer hoy? Es lo único que tengo.
Él asía aquel billete con la punta de los dedos, jugaba con él un poco y la miraba:
—Es que no tengo un centavo en la bolsa. Y siempre hay que pagar algo...
—¿Y cómo piensas que vamos a comer hoy?
—Que la comadre te preste, ¿no?
—Le debo ya treintaicinco pesos.
Esgrimía el cucharón como si fuera un arma, y estaba tensa, en actitud de asalto. Así se vieron unos segundos. Luego, una corriente de apatía pareció circularle por las venas; despacio, fue a sentarse en el filo de la cama revuelta y vio hacia la pared con un gesto que borraba de la pieza y del mundo a Mario y sus acciones. “Qué fatigada estoy, haz lo que quieras”, parecía decir ese gesto. Mario había vencido una vez más.
Él vaciló un segundo y depués se guardó aquel billete en la bolsa. Sonrió muy ampliamente, con su cálida simpatía que nunca había perdido.
—No se enoje mi vieja. Nos vamos a comer a un restorán, ¿eh? A ver si ya estás lista cuando yo llegue.
La esposa lo miró con escepticismo. Tal vez llegara y tal vez no, tal vez cconsiguiera dinero y tal vez no, y bien podría volver hasta la medianoche, o al día siguiente, porque así se portaba desde que andaba metido en la política. “Le pediré prestado a mi mamá”, pensó, y una cólera oscura la hizo apretar los dientes.
—Vamos a estar vestidos y sentados esperándote, aquí, sin comer, hasta la hora que llegues. A ver si nos dejas en ayunas —mintió.
Él la besó contento porque ya no había lucha. Se vió al espejo, pulcro, casi elegante, con su traje de dril muy bien planchado; ensayó una sonrisa, ensayó dos o tres expresiones faciales: se aprobó; la imagen respiraba prosperidad y confianza en sí mismo. Dio otro beso a la esposa y apresuradamente se marchó a la calle. Tuvo tiempo de oir el grito.
—¡Ya lo oiste: sentados en la sala y vestidos para salir, y sin comer, hasta que llegues!
—Ya oí, mujer, ya.
Alcanzó a llegarle el rezongo final:
—¡Maldita sea la hora en que te metiste en la política!
Cerró la puerta con cuidado y de un salto subió al tranvía que pasaba.


Cuando se bajó en la Plaza de Armas ya calentaba el sol. “Va a ser un día tremendo”. Cada portal mandaba desde el techo un rumor de aspas furiosas, y el mar soltaba brisas de vez en cuando, pero eso no era nada contra aquel váho de horno que empezaba a subir del asfalto. Y apenas eran las diez de la mañana.
En el portal del Diligencias ya estaban todos instalados. Mario fue saludando con expresiones muy variadas:
—Qué tal mi diputado.
—Cómo te va cabrón.
—General, cuánto gusto de verlo.
Había unas tres personas a las que no conocía, pero muy pronto iba a saber quienes eran. Don Leonardo debía llegar en poco más, y la espera se iba llenando con cuentos pornográficos, vaticinios de un gran cambio hacia la derecha en el gabinete, o de la inminente caída de un cacique local, o descripciones de la nueva, una muy buena que había llegado al burdel habitual con grandes novedades técnicas en su repertorio.
La conversación decayó, porque tardaba don Leonardo.
Mario interrogó a Ciro por lo bajo:
—¿Quiénes son ésos?
Ciro explicó que los más viejos querían sendas concesiones forestales, muy importantes. El cadavérico tenía interés en algo que no sabía muy bien, de pesca.
—¿Cuál me vas a dejar?
—Bueno, según lo que diga Argüelles.
—Claro, sí.
—A ver si el de la pesca.


Eran las once y media. Todos languidecían. E intespentivamente había llegado don Leonardo, exageradamente pulcro, con su clavel inevitable en la solapa y el escaso cabello alisado a la perfección. No le gustaban las grandes cortesías: saludo familiarmente, le contestaron a coro: se sentó; hubo un rumor de sillas; todos imperceptiblemente corrigieron sus actitudes y adoptaron otras más tensas, casi como cuando entra al salón un maestro pavoroso, pero superficialmente amable.
Un mozo recogió, a toda prisa, las cervezas, aun las que estaban llenas, porque desde este instante se bebería solamente coñac. Empezaba esa larga, democrática tertulia tan conocida por los habitantes del pueblo, algunos de los cuales se detenían un segundo para saludar a don Leonardo, con la esperanza de parecer después más importantes, aunque era bien sabido que él dedicaba a todos, conocidos o no, la misma familiaridad con palmaditas, la famosa, la fotografiadísima sonrisa y el mismo largo apretón de manos.
—Permítame que pague la primera —solicitó Ciro con respeto.
Mario no supo si alegrarse. Sólo tenía en la bolsa el billete sacado del ropero, cincuenta pesos nada más. Si cada quien pagara una tanda, él no sabría que hacer cuando llegara el turno de la suya. Había quedado cerca de la cabecera, demasiado cerca para dejar pasar disimuladamente la ocasión de invitar. Y alguien sin un centavo perdía todo respeto, quién va a confiarle asuntos de muchos miles a uno que ni siquiera puede pagar la tanda de coñaques.
—No, no.
El permiso de pagar le fue negado a Ciro.
—Que traigan el cubilete.
Mario respiró un poco: preferible el azar. Quiso valorar al cadavérico: no podía dar idea. Tal vez, seguramente casi, era otro intermediario entre el que verdaderamente hacía el negocio y el casi omnipotente poder de don Leonardo, que había de conceder, o no, la gracia solicitada.
“Si fuera cosas de cien mil”, pensó Mario, “son diez mil para Ciro, mil o dos mil para mí.” Las concesiones forestales eran mejores; hacía dos meses había caido una de casi dos millones, pero le había tocado a Sáenz. “Argüelles lo prefiere, le va a dar lo de la pesca.” La cadena era esa: los hombres como Sáenz, o como Mario, prometían manejar todo; Ciro tomaba el asunto entre las manos para, secretamente, dejar que don Leonardo resolviera, y obtuviera en un rato de charla o en dos llamadas telefónicas la promesa verbal de que aquello se haría. Ciro, sin mencionar jamás a don Leonardo, recogería las firmas; los nuevos, como Sáenz o como Mario, hacían los trámites menores, las vueltas de una oficina a otra, nunca muy largas ni muy difíciles porque todos sabían el nombre que respaldaba aquello.
Humedecido de sudor, el cubilete iba pasando de mano en mano, sonaban las piezas de hueso dentro del cuero, rodaban en la mesa y cada quien decía en voz alta su puntuación:
—Dos pares.
—Tercia.
—Pachuca.
Mario notó que iban perdiendo todos: la cosa iba a quedar entre Argüelles y él. Por un instante se le alteró el pulso, tuvo una repentina resequedad en la garganta. Recibió el cubilete, lo sacudió y tiró, sin pensarlo siquiera. Le salieron dos reyes. Recogió tres dados. Sacudió. Estaba haciendo una difícil maniobra mental que consistía en pensar en otra cosa, en algo indefinido, y en la parte más oscura y profunda de la mente ordenar a los dados que le dieran el otro rey. Se lo dieron.
—Tercia —dijo con naturalidad, y se tomó la copa de un trago. A ver qué tanto hacía Argüelles.
Sonó de nuevo el cubilete en las manos del otro, rodaron los dados.
—Hijos de la gran puta —comentó Argüelles con mansedumbre. Era pachuca. Sacó el dinero de la bolsa y lo tendió al mesero—: Las otras iguales—. Pues los pedidos se pagaban al ordenarlos, según el código de la mesa.
Comentaban ahora, cautamente, que iba a jugar Argüelles para diputado federal. Con lo cual, la intimidad más próxima a don Leonardo quedaría disponible para otro, Ciro seguramente, y habría entre todos un arbitrario movimiento de escalafón, que iba a depender de regalos, o simpatías, o complicidades de burdel, o de cantina, o repertorio de chistes, o seriedad, o esplendidez... tantos misterios y minucias de afinidades y preferencias en el trato personal.


Mario sintió, por largo rato, que él era el amo de sus dados. Con una zona oscura de su mente les daba órdenes, pero fingía no darlas y pensaba obstinadamente algo distinto mientras allá, en algún sitio en que las cosas no se formulan en palabras, él ordenaba: “un par de cincos”, “un rey”, “un as”. Luego, de golpe, algo falló. La docilidad de los dados se había encontrado con otro amo más fuerte en algún punto de la mesa.
—Pachuca —dijo Mario. Conservó un dado, un as. Tiró de nuevo: un par.
Le iban faltando fuerzas, lo sabía. Un trago más y perdería al fin. (Habían perdido casi todos, habían pagado casi todos, hasta don Leonardo) “Pedir prestado”. Las dos palabras subieron flotando, como maderos que se desprenden de un barco hundido. Se aferró a ellas con pánico, vió rostros: Sáenz, Ciro, Argüelles... los demás amigos... Soltó los dos maderos, volvió a nadar con fatiga. Y ese ventilador, que no bastaba...


FIN DE LA PRIMERA PARTE.

Biografía y cuento tomados del libro Antología. El cuento veracruzano; Colección Águila o Sol de la Universidad Veracruzana; Vol. 1; Xalapa, Ver., 1966; pp. 171-177.